“El que se enoja pierde” dice el refrán y podríamos agregar… “y sube de peso”. El enojo y el estrés obligan al organismo a liberar sustancias que nos podrían conducir a subir de peso. Entérate cómo aprender a navegar tus emociones pueden también ayudarte a… ¡bajar de peso!

¿Cómo influyen el estrés y el enojo en el aumento de peso?

El National Center for Biotechnology Information publicó un estudio que muestra que cuando nos enojamos o estresamos, nuestro cuerpo segrega  adrenalina y cortisol -la “hormona del stress”- que estimulan el aumento del azúcar en la sangre, provocando aumento de peso. El proceso bioquímico involucrado con el mal humor genera también inflamación que impide que las células liberen energía, y quemen las calorías suficientes contribuyendo así, al aumento del peso físico.

El sistema nervioso y las hormonas, además de tener un rol protagónico en las emociones, influyen en nuestros hábitos alimenticios, lo que explica nuestra tendencia a comer cuando estamos airados.

El estudio

Se analizó el comportamiento de 41 mujeres con sobrepeso, a las cuales se les asignaron una serie de tareas estresantes mientras monitoreaban sus niveles de cortisol.

Los investigadores demostraron que las participantes con menores habilidades para lidiar con el estrés o que se enojaban fácilmente, segregaban más cortisol y tenían más grasa en la cintura y el estómago.

¿Cómo surgen el estrés y el enojo?

Si sos de los que se enojan fácilmente o se sienten a menudo frustrados, quizás te ayude recordar que las emociones se disparan a través de los juicios o sentencias que hacemos sobre un suceso que enfrentamos. No todos reaccionamos igual ante un mismo suceso, depende de aquello que opinemos sobre eso que nos pasa. Por ejemplo, el miedo se produce cuando valoro que las circunstancias a las que me enfrento son amenazantes para mi integridad personal, y juzgo que mi capacidad de hacer frente se va a ver superada y “algo malo me va a pasar”. El enojo, cuando me enfrento a una situación que en la que siento que “alguien o algo” ha dañado mis posibilidades y quiero castigar al responsable de esta pérdida. ¿Y la frustración? Cuando juzgamos que no podemos hacer lo que nos hemos propuesto a pesar de  haber puesto “nuestro mejor esfuerzo”.

¿Qué hacer?

Una buena medida es tomar lo que nos pasa sin victimizarnos. Preguntarnos, ¿habrá alguna manera diferente de ver esta situación que tengo enfrente?. Preguntarle a un compañero o amigo de qué forma ve él la situación, no para buscar “un aliado” sino para enriquecer mi mirada. Cuestionarme con fuerza: ¿Qué evidencias puedo recabar para fundar el punto de vista que llevan a enojarme o frustrarme?

No podemos controlar en qué emoción caemos pero sí podemos aprender a navegar, intervenir responsablemente en el diseño de los estados de ánimo en el que queremos vivir. No es espontáneo, requiere de nuestro trabajo personal y compromiso.

Fuente:

Fuente II: