¿Para cuándo los chicos?. “Si me ama, debería saberlo”. Nos relacionamos diariamente con diferentes personas. Nos formamos un juicio de la forma de ser de cada una de ellas, inferido a través de las interacciones que hemos tenido con cada una y a partir de allí esperamos -y los otros esperan de nosotros- que actuemos según suposiciones. ¿Qué son las expectativas sociales?

Nuestra percepción social

El ser humano, al nacer desprovisto de los recursos para ser independiente, necesita de relaciones sociales complejas. Por ello, nuestro cerebro está preparado para percibir nuestro ambiente social y evaluarlo. Una parte muy importante para manejar nuestras relaciones es “etiquetar” a las personas que conforman nuestro ambiente social. Y aquí es donde entra la percepción social.

Un modelo simple e interesante para explicar este fenómeno es el modelo de percepción social de Fiske. Según este modelo, apenas conocemos a una persona la incluímos dentro de una categoría. Y la mantendremos en esa categoría, a menos que profundicemos en la relación y descubramos algo que nos invite a cambiarla.

Si tenemos ese interés, iremos comprobando si su comportamiento se adapta a esa categoría; en caso de no ser así, iremos adaptando o cambiando la categoría hasta que tengamos a esa persona categorizada o conceptualizada.

Un atajo adaptativo pero no preciso

Este es un proceso muy importante,  sin él la tarea de gestionar nuestras relaciones sería mucho más complicada. Ahora bien, es importante tener en cuenta que es un proceso rápido y útil, pero no preciso. No somos siempre los mismos en cualquier relación. Nuestra manera de comportarnos varía de acuerdo a quién tengamos en frente. En un sencillo ejemplo, somos de una determinada manera frente a nuestro jefe y de otra, frente a nuestra pareja o amigos. Las personas tenemos una personalidad compleja en fuerte interacción con el contexto, que difícilmente se puede incluir dentro de categorías. Sin embargo, este pequeño “atajo mental” nos es útil para saber cómo tratar a las personas de nuestro ambiente.

Una vez que tenemos nuestro ambiente social categorizado y nos hemos formado conceptos de cada una de estas personas, empezaremos a generar expectativas. Pero, ¿qué son las expectativas?

Expectativas sociales: un camino de doble vía

Las expectativas sociales son ideas que tenemos de cómo una persona de nuestro ambiente social se va a comportar en un futuro o ante una situación determinada.

Cuando conocemos a alguien, junto a la impresión o juicio que generamos de esa persona, aparecen las expectativas. Esto nos ayuda a imaginar cómo nos tendremos que comportar y a prever su comportamiento.

Esta conducta de generar expectativas sobre nuestras relaciones cumple una función adaptativa. En sociedades complejas como las que habitamos, prever el comportamiento de los demás nos permite adaptar nuestras conductas, y así salir muy beneficiados de las interacciones sociales. A pesar de que no es un proceso preciso, poder realizar una anticipación y equivocarte a veces, es mejor que no realizarla y no acertar nunca.

Nuestras expectativas sociales afectan en gran medida nuestro comportamiento. No tratamos igual a todas las personas, y no tratamos igual a la misma persona en distintas situaciones.

Además, intentaremos hacer que los demás cumplan con nuestras expectativas, ya sea forzándolos de manera indirecta o alterando nuestra percepción de lo que los demás hacen. Este proceso no se da sólo en esta dirección: nosotros también somos conscientes de la expectativas que los demás tienen de nosotros, y entonces, adecuaremos nuestro comportamiento para satisfacer las ideas de los demás.

¿Cumplir con las expectativas ajenas o autorrespetarnos?

Nuestra vida está llena de expectativas sociales, tanto de nosotros sobre los demás como de los demás sobre nosotros. Cuando te casas, ¿para cuándo los niños?. Tu familia tiene dos generaciones de abogados y todos esperan que estudies leyes. Aún antes de nacer, muchos padres guardan expectativas de como los hijos deberían ser o qué deberían hacer con sus vidas. Pero ¿quién repara en preguntar si quieres realmente tener hijos o estudiar abogacía?. ¿Dónde apunta nuestra mirada cuando en vez de mirar las inquietudes del otro, abrazamos sólo las expectativas que nosotros teníamos de sus vidas? En este sentido, para que nuestras relaciones sean “cómodas”, tenemos tendencia a cumplir con estas expectativas ajenas, pues romper con éstas puede generar un espacio de incertidumbre mas, ¿dónde quedan nuestra autoestima y autorrespeto cuando guiamos nuestras decisiones basados en las expectativas sociales? ¿Quién decide nuestro destino?

Expectativas sociales: una fuente posible de comunicación inefectiva

Es posible que en relaciones momentáneas (por ejemplo, un vecino), cambiar nuestro comportamiento para cumplir con las expectativas sociales, sea una buena idea ya que no existe una relación a largo plazo ni un vínculo estrecho con ellas. Sin embargo, sería negligente comportarnos así con nuestras relaciones mas profundas.

Vivir de expectativas genera una comunicación poco efectiva. Si soy jefe y tengo la expectativa que mi subalterno actuará de la forma que yo espero, difícilmente haré los pedidos que sean necesarios. En las relaciones de pareja, imponemos en el otro la categoría de gurú porque “si me ama, debería saber lo que necesito” aunque nunca lo hayamos verbalizado.

Vivir de expectativas nos aleja de la posibilidad de conocer al otro y darnos a conocer, amarnos y respetarnos tal cual somos. El desafío es abrirnos al compromiso de ser vulnerables -no débiles- y lanzarnos a la aventura de descubrir nuestra humanidad y tomar nuestras decisiones a partir de ella.

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