El cambio que necesitas para ser feliz

Todos tenemos el profundo anhelo de tener la vida que deseamos y ser felices. Y para eso, hay que hacer cambios en nosotros mismos. Necesitamos modificar puntos de vista, creencias, convicciones y hábitos. Sin embargo, no todos lo ven así. Hay quienes pretenden alcanzar el bienestar intentando controlar todo lo externo a su persona. De esta forma, todo mejorará cuando sus seres queridos, compañeros de trabajo, vecinos, presidente de su país y el clima cambien. Para las personas que entienden que alcanzar el bienestar requiere una trasformación personal, el desafío consiste en salir de la zona de seguridad y mantenerse firme para no volver al punto de partida. Hay muchos tipos de cambios. Algunos van ocurriendo sin que nos demos tanta cuenta. Otros, solamente suceden si nos los proponemos conscientemente y tomamos medidas concretas al respecto. Esos pasos, a su vez, pueden ser intuitivos o producto de tomar contacto con la información adecuada y/o la ayuda brindada por un profesional. Pero también, hay piedras con las que nos tropezamos muchísimas veces. Constantes, no cambios. Y aunque que nos esforcemos e, incluso, pidamos ayuda para superarlas, en el fondo de nuestro corazón, sabemos que siguen estando ahí. Entonces, ¿se puede cambiar? Por cambiar, ahora sólo me estoy refiriendo a esas viejas conocidas, las piedras en nuestro camino. Tal vez sí, pero vamos a necesitar comprometernos bastante con nuestro objetivo. ¿Con eso será suficiente?

Compromiso: Hay personas que, si bien comprenden que ellas mismas deben modificar conductas y hábitos si quieren estar mejor, no terminan comprometiéndose del todo con su cambio: consiguen y consumen abundante información para crecer interiormente y acuden a profesionales que los guíen en su camino, pero no aplican estos conocimientos. Confunden conocer cómo vivir bien con la experiencia de vivir bien.

Para muchos, el compromiso hace toda la diferencia. Si bien es cierto que éste es fundamental para evolucionar, no es cierto que sea suficiente para lograrlo. De hecho, cambiar puede transformarse en algo tan inútil como querer sembrar en cemento. Puede que la semilla esté en óptimas condiciones para germinar (herramientas y técnicas de cambio), pero sin un terreno Adecuado, este nunca podrá prosperar. En efecto, las personas solemos creer que sólo basta con proponernos un objetivo, en este caso una transformación, y perseverar para que éste se cumpla.

Pero hay un instinto extremadamente poderoso que nos juega en contra a la hora de intentar salir de nuestra zona de seguridad: el de supervivencia. Todos lo tenemos. El problema es que si está demasiado “activo” o no contamos con las herramientas para esquivar sus trucos, aunque nos comprometamos, implementemos toda clase de estrategias y acudamos a los mejores profesionales, existen grandes chances de que no podamos conseguir los resultados que esperamos. A menos que preparemos el terreno…

¿Por qué preparar el terreno? Hay que tomar en cuenta que nuestro cerebro nos dota de un instinto pro-supervivencia, denominado resistencia al cambio. Dicho más sencillamente: cambiar es considerado como una amenaza.

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En estas condiciones, éste tiende a llevarnos hacia lo conocido, lo familiar, la zona de seguridad que, por mala que sea, al menos es un territorio que sabemos manejar. Con cierto esfuerzo, podemos salir de ella. Sin embargo hay situaciones, o formas como procesamos éstas, que pueden ponernos en un estado de amenaza “extra”, que se le suma al peligro de querer cambiar. Es como tener dos llamadas de alerta por el precio de una.

La auto exigencia por cumplir con estándares determinados de éxito y poder, vivir en un medio con excesivos estímulos visuales y auditivos, el sometimiento a malos tratos en el ámbito laboral, priorizar la competencia entre individuos en vez de la colaboración, entre otros Factores que promueven dicho estado de exigencia “extra”.

En estas condiciones, es cuando la transformación termina siendo prácticamente inalcanzable. Puede que encontremos útil revisar nuestras creencias, establecer objetivos concretos, intentar incrementar nuestra auto consciencia y protagonismo sobre nuestra realidad, visualizar repetidamente la situación que creemos ideal, hablar y actuar repetidas veces como si ya hubiéramos alcanzado el cambio que necesitamos, observar la posible raíz que originó el problema, y muchas estrategias más. Estas son herramientas extremadamente valiosas. Pero si no se trabaja antes para debilitar la resistencia al cambio, se corre el riesgo de volver siempre al mismo punto de partida.

Manos a la obra

Preparar el terreno, significa hacer todo aquello que nos sitúe en un estado mental y emocional que nos permita minimizar la resistencia al cambio. Para esto, es necesario debilitar ese estado de amenaza anteriormente mencionado e incrementar el número de experiencias satisfactorias en el día a día. Estas últimas, pueden ser denominadas como reconfortantes, saludables y positivamente desafiantes. Antes de continuar, hay que aclarar que son muchísimos los estímulos que pueden resultar amenazantes para nosotros, aunque conscientemente sepamos que tienen poca o nula relevancia: un rostro enojado, ver escrita una palabra que desconocemos u observar a alguien comiendo helado con un tenedor, son algunos ejemplos.

Existen dos tipos de situaciones consideradas como amenazantes, independientemente de si se trata de un riesgo real o absurdo: las que podemos controlar y las que no. Mientras menos control tengamos sobre aquello que nos perturbe, más estresante nos resultará.

Por lo tanto, existen dos estrategias que deben ser aplicadas a diario y en simultáneo si lo que se quiere es disminuir el estado de alerta. Por un lado, intentar solucionar lo que esté a nuestro alcance mediante acciones concretas y sin caer en la tentación de quejarse , y , por el otro aceptar lo que no es posible (bajo ningún punto de vista) controlar. Por ejemplo, quedar atascado en un embotellamiento en el medio de una autopista no es muy agradable. Que a eso se le sume estar llegando tarde a un compromiso y bocinazos de personas abrumadas por la situación, es menos amigable aún. No tenemos autonomía sobre esa situación pero, antes de sucumbir ante el impulso de indignarnos, podemos reflexionar acerca de la falta de relación entre enojarnos y que se descongestione el tránsito. Si, además, logramos iniciar una actividad que nos calme y nos distraiga, mejor todavía.

mujer-cambioAhora, lo mejor…las experiencias satisfactorias. Éstas son las grandes aliadas del cambio, porque tienen la características de hacernos sentir felices, recompensados e incrementan nuestra confianza y capacidades para afrontar los desafíos.

Las experiencias reconfortantes, son muy personales. El sólo hecho de tomar café escuchando jazz puede ser considerado como el paraíso, el infierno o nada, según a quién se le pregunte. Por lo tanto, es objetivo de quien quiere cambiar, reflexionar sobre qué actividades le encanta realizar y comenzar a implementarlas, sin excusas, con más frecuencia y atención (estar 100% presentes en el momento de llevarlas a cabo).

Las experiencias saludables, pueden ser o no placenteras, pero es importante incluirlas de a poco en la rutina diaria. Caminar como mínimo treinta minutos diarios, tener una dieta de primera calidad, descansar lo suficiente y evitar estar en contacto permanente con el teléfono móvil y otros dispositivos electrónicos, son ejemplos de hábitos que mejorarán mucho nuestro estado mental y emocional. Es fundamental no implementarlos todos de golpe, ya que hacerlo podría sobrecargarnos y ocasionar más perjuicios que beneficios.

Las experiencias positivamente desafiantes, son aquellas que requieren esfuerzo y dedicación y se orientan a un objetivo muy concreto y con resultados a corto plazo. Algunos ejemplos son estudiar algo que nos sirva o nos agrade, acomodar los armarios de nuestro hogar o iniciar una huerta. Se trata de actividades que generan estrés, pero del bueno. ¿Por qué bueno? Porque si bien estamos en un estado de tensión moderada mientras emprendemos dichas acciones, alcanzamos una intensa satisfacción cuando se concluyen (mientras más esfuerzo, mayor la sensación de recompensa). El estrés se vuelve “malo”, si nos exigimos más de lo que podemos dar en un momento dado, resultando en una tensión demasiado alta, que nos daña en todos los aspectos.

Por último, me gustaría añadir un elemento más que prepara el terreno para sembrar la semilla del cambio. El altruismo, que merece unas palabras aparte. Colaborar con los seres y el medio ambiente que nos rodea en forma absolutamente desinteresada, no es solamente un acto de nobleza, también nos hace sentir intensamente recompensados. Ese sentimiento, reduce significativamente el estado de amenaza que fortalece la resistencia al cambio y genera un impacto positivo en nuestro entorno. Por lo tanto, la acciones altruistas hacen que todos ganemos.

El problema, es que la sensación de escasez y competencia propia del estado de alerta, suele favorecer actitudes egoístas antes que generosas. Pero si podemos comprender la importancia de ayudar sin esperar nada a cambio, estaremos en camino hacia una transformación total.

Para finalizar…

El ritmo de vida actual, especialmente en las grandes ciudades, nos impone una rutina bastante hostil que bombardea nuestro cuerpo y mente permanentemente. Y nuestro estado de resignación y naturalización a dicha rutina, nos está esclavizando cada vez más y haciéndonos personas cada vez más resistentes a los cambios que nos beneficiarían. Vivir en ese estado de alerta o amenaza, es dejarse comandar por nuestro costado más primitivo. El problema, es que éste no tiene energía ni interés en trascender. Sólo busca sobrevivir. Es muy probable que nunca puedas cambiar. La buena noticia, es que también existe un costado altruista, curioso, despreocupado, perseverante, pacífico y compasivo. Para él, evolucionar es mucho más natural y sencillo y, si lo liberás, él cambiará por vos. Lo que único que hace falta es preparar el terreno.

Por Violeta Arduini.