¿Impacta nuestro vestuario en nuestra identidad personal? ¿Da lo mismo ir de traje que de jean a una entrevista de trabajo? ¿Vestir a la moda es un gesto superfluo o puede contribuír en nuestra integración social? La vestimenta influye en el comportamiento hasta el punto de moldear nuestra estructura mental.

La moda también impacta en la psiquis humana. La ropa que elegimos habla sobre nuestra profesión, ambiciones, estado emocional, costumbres y personalidad. Por eso es tan importante elegir con cuidado cada prenda y no considerarla como algo frívolo y superficial.

Muchos son los estudios que confirman esta teoría: una investigación publicada en el Journal of Fashion Marketing and Management y realizada en 2013 demostró que las personas hacen sus primeras evaluaciones sobre otros según el tipo de vestuario. Para llegar a esta conclusión, 300 participantes debieron mirar por tres segundos imágenes de un hombre y una mujer, el primero con un traje hecho a medida y la segunda con un modelo más convencional. La respuesta general fue que él era más seguro, exitoso y flexible que ella, demostrando que la ropa dice mucho acerca de nosotros, aun cuando la asociación carece de fundamento.

Otra investigación realizada en Northwestern University reveló la importancia de lo que se llama cognición investida, es decir, la influencia que las prendas ejercen sobre su propio usuario. Esto quiere decir que no hay que vestirse como uno se siente, sino como le gustaría sentirse: si quieres convencerte de que eres sexy o poderosa, deberás lucir un look que te haga ver de esa manera; si quieres sentirte toda una profesional y que el resto te respete como tal, tienes que adoptar un tipo de vestuario que esté aceptado socialmente como un ícono de profesional exitoso.

Según el estudio ‘Las consecuencias cognitivas de la vestimenta formal’, en el que han colaborado la Universidad de Columbia y la de California, vestir de traje y corbata mejora las aptitudes mentales y físicas. ¿Exagerado? Los tests realizados en individuos de diferente sexo y extracción social demuestran que algo ocurre en nuestro cerebro cuando nos enfundamos en ropa elegante y nos sentimos una persona nueva. “Se incrementa el pensamiento abstracto”, un aspecto importante en “la creatividad y la estrategia a largo plazo”, constata el estudio.

Otra investigación, centrada en la población masculina, asocia los hombres trajeados a una mayor capacidad de negociación. Publicado en el 2014 en una revista científica norteamericana, el estudio revela además que presentan unos índices de testosterona más elevados que los que visten de manera informal. “Llevar ropa que se identifica con la clase acomodada induce dominación, lo que se traduce en negociaciones más provechosas”, concluye el estudio. “Si das la impresión de ir cuidado, la gente te trata de forma diferente y tú te sientes diferenteA primera vista, refuerzas la idea de que eres una persona seria”, analiza Lluís Botella, profesor de la facultad de Psicología de la Universitat Ramon Llull. “El traje provoca una interacción social que no es en absoluto banal. Lo que llevas transmite unos valores, es un posicionamiento identitario”, resume.  “Lo que más detesta el mundo de los negocios es la imagen descuidada”, dice Vincent Gregoire, un gurú de la moda reconocido mundialmente.

José Luis Cañabate, experto en comunicación no verbal y director para Latinoamérica de la Fundación Universitaria Behaviour & Law, basada en Madrid, distingue entre la negociación distributiva y la competitiva, en la que el objetivo es obtener el máximo posible del otro. En esta última, afirma que “la ropa formal te sitúa en posición de ventaja, establece distancia”, mientras que en la negociación distributiva, un estilo informal resulta más beneficioso porque emite un mensaje de “empatía, proximidad y conciliación”. A juicio de Cañabate, la producción de testosterona va más ligada al ascenso en la escala social de cada grupo que a la vestimenta. Y eso vale tanto para el ejecutivo como para el líder de una tribu urbana ataviado con collares de púas.

Llevar siempre lo mismo está bien visto en los hombres, pero cuando se trata de una mujer la cosa cambia. “Se atribuye a una falta de cuidado personal. A ellas se las juzga más por cómo van vestidas, y deben preocuparse más por el estatus, ya que si van demasiado de colegas temen acabar llevando el café. Esto sucede aún en muchas empresas”, expone Botella.

“La moda siempre es poder, a lo largo de la historia se ha utilizado como símbolo, tanto de estatus económico como de autoridad”, recuerda Pilar Pasamontes, directora científica de moda de la Escuela Superior de Diseño de Barcelona. Si para los hombres el símbolo sigue siendo básicamente el mismo desde hace 300 años, en las mujeres el ropaje ha evolucionado a medida que han ido ganando espacio en el ámbito laboral. “Muchas llevan traje chaqueta con falda y unos buenos tacones, que te dan energía y la sensación de que dominas más”, analiza la profesora.

 

 “Soy fiable, pero también cercano”

 

En algunos ámbitos, como el académico o el de la comunicación, introducir en la ropa formal un toque de rebeldía –calcetines chillones, pulsera étnica, bambas rojas…– refuerza la autoridad y la captación de la audiencia. Según los estudios publicados en el Journal of Consumer Research, los individuos que rompen ligeramente la norma son percibidos como “más competentes y con un estatus más elevado” porque su imagen sugiere que tienen suficiente poder como para tomar riesgos. “Es un guiño que transmite una doble idea: soy fiable, pero también cercano; no soy del montón, ¡tengo personalidad!”, resume Pasamontes. “Primero adoptas los códigos de tu grupo social, y una vez en el interior, puedes permitirte alguna transgresión que envíe el mensaje de singularidad”, analiza Gregoire.

La sensación de autoridad también está ligada a determinados uniformes. Otro estudio, publicado en el 2012 en el Journal of Experimental Social Psychology, obtuvo resultados muy llamativos al respecto. Los individuos a los que se les dijo que la bata blanca que llevaban era la de un médico se comportaron con mayor seguridad y cometieron menos errores en los tests que aquellos a los que se les hizo creer que correspondía a un pintor de brocha gorda. “La bata blanca marca estatus, los médicos son los únicos profesionales que salen a la calle con ella, y si les confunden con enfermeros ya bajan de nivel, por lo que muchas veces llevan el estetoscopio para que les distingan”, ejemplifica Botella. No siempre el efecto es positivo. Más de un facultativo ha optado por quitarse la bata ante el temor que provoca en un niño.

En la misma línea, Botella cita el experimento realizado con un grupo de estudiantes en el que unos hacían de carceleros y otros de prisioneros. “Los que representaban el papel de guardianes se acabaron comportando como si estuvieran en Guantánamo, y en parte era por su atuendo”, indica. “El uniforme acaba siendo una parte de ti, se te engancha al cuerpo y conforma tu identidad. Les sucede mucho a los militares, que cuando llegan a casa se siguen comportando como en el cuartel”, comenta el psicólogo.

¿Y qué sucede con los colores? ¿También condicionan nuestro carácter? A raíz de los Juegos Olímpicos del 2004, en los que se observó que en los deportes de combate ganaban más los que llevaban un equipamiento rojo que los que iban de azul, se llevó a cabo una investigación sobre los efectos psicológicos de ambos colores. El resultado constata que cuando los mismos deportistas lucían el color de la sangre eran capaces de levantar pesos más pesados y presentaban una frecuencia cardíaca superior, aunque ello no se traducía forzosamente en una victoria.

“El rojo comporta intensidad y acción, por lo que se tiende a rendir más con este color. Pero depende del ámbito, en algunas actividades es mejor no utilizarlo porque neutraliza las capacidades creativas”, revela Cañabate.

“El rojo en el deporte otorga una fuerza y energía increíbles. Fuera de los estadios, en las mujeres encarna el amor, y a la vez es subversivo, no en vano es el color de los superhéroes. En cambio, en el hombre el color fetiche es el azul, simboliza el cielo y te hace parecer más inteligente”, sentencia Gregoire. Los expertos coinciden en señalar el efecto del negro en el estado de ánimo. “Si utilizas este color y estás deprimido, te abatirás más, por eso se evita en los geriátricos”, subraya Botella.

Llevar prendas o accesorios que aparentan lo que no son tampoco potencia nuestras capacidades. Un estudio, publicado en la revista Psychological Science, observó la reacción de un grupo de mujeres al llevar unas gafas de sol de marca de lujo auténticas y unas falsificadas. El hecho de saber que eran una copia fraudulenta incitaba un comportamiento sospechoso y poco ético, mientras que cuando lucían el modelo original actuaban con mayor autoconfianza.

“Llevar algo falso te hace sentir inseguro, es como copiar en un examen”, constata Botella.

“La convicción es fundamental. Si vas a un buen restaurante bien vestido, disfrutarás más del entorno, de la misma manera que no es lo mismo beber vino en copa de plástico que de cristal. El cuerpo debe estar en sintonía con la mente”, resume Pasamontes.

Lo que nos devuelve a la tesis de la ropa como condicionante, incluso de nuestra estructura mental. Quienes visten formal se definen como más competentes y racionales, mientras que los que optan por el informal se consideran más simpáticos y relajados. “Seguramente ya tenían esa tendencia, pero la vestimenta que llevan la multiplica”, concluye el psicólogo. Así que, ya sabe, si quiere ser un triunfador, vístase como tal.

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