Las competencias profesionales del Coach Ontológico, 2da entrega.

Tomando como referencia el “Modelo de las 7 Competencias del Coach Ontológico Profesional” desarrollado por la Asociación Argentina de Coaching Ontológico Profesional (AACOP) y “Las 11 Competencias Claves del Coaching Profesional” de la International Coaching Federation (ICF), presentamos la segunda parte del estudio realizado por el Lic. Oscar Anzorena. 

En esta oportunidad mostramos las siguientes competencias:

2da. Competencia: “Tener presencia y conciencia plena en la sesión de coaching”

La capacidad de estar presente, atento y enfocado en la sesión de coaching es una de las competencias necesarias para construir un vínculo de calidad con el coachee y conducir en forma efectiva el proceso de coaching. Cuando hablamos de la “presencia” del coach nos estamos refiriendo a un estado de atención plena, centrado en el aquí y ahora del proceso de coaching y donde se manifiesta una profunda conexión e intimidad con el coachee. La competencia de la ICF: “Presencia del coach” está descripta como: “La habilidad de estar plenamente consciente y de crear una relación espontánea con el cliente, utilizando un estilo abierto, flexible y confiable”.

El estado de presencia y conciencia plena se reconocen porque el diálogo interno en relación a cualquier otra cosa que no sea referente a lo que está ocurriendo en la sesión de coaching, queda interrumpido por completo. No hay ninguna preocupación, inquietud o expectativa por algo que haya sucedido o que pueda suceder en el quehacer personal del coach, que pueda interferir en el foco de su atención en el proceso del coaching. Esto le posibilita al coach escuchar con atención y apertura, y “fluir” con el proceso.

El concepto de “Fluir” como un estado interno de excelencia de las personas fue desarrollado por el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi[1]. Este catedrático de la Universidad de Chicago describe este estado como el momento en que alcanzamos un alto estándar en la ejecución de alguna tarea, de forma tal que logramos una concentración especial disfrutando lo que realizamos. Es un estado en el que la persona se encuentra completamente absorta en una actividad y las acciones y movimientos se suceden en una coordinación óptima, utilizando sus destrezas y habilidades al máximo. Cuando nos encontramos en estado de presencia total, todo nuestro ser está focalizado en la actividad que desarrollamos.

Cuando logramos la concentración y atención en nuestro accionar como coach, nuestro rendimiento fluye sin que nos suponga esfuerzo: nos desconectamos de lo que tenemos a nuestro alrededor, perdemos la sensación de tiempo y espacio, y experimentamos una sensación de satisfacción y plenitud en la interacción de coaching.

  • La preparación del coach para la sesión

El “estar presente” es un estado interno que se puede desarrollar. Todo coach debe prepararse para llevar adelante la sesión de coaching. La preparación para la sesión constituye un acto en sí mismo y más que un hecho técnico significa el acceso a un estado de conciencia en el que entran en juego su emocionalidad y valores tales como el compromiso, la entrega y su vocación de servicio más allá de cualquier otro interés.

En tal sentido, debemos convertir el acto de la preparación para la sesión de coaching en un hábito, internalizándolo a través de la práctica y el entrenamiento. Debemos observar nuestra emocionalidad previa, nuestro ritmo y sensibilidad, asegurándonos de que nada personal contamine el espacio de la sesión de coaching.  Esto contribuirá a mantenernos serenos y concentrados, ya que resulta difícil poder acompañar y facilitar el proceso de otro, si nosotros no nos encontramos en un estado de “equilibrio vital” y en conexión con nosotros mismos. A tal efecto, el objetivo de la preparación es “vaciarnos” de nuestros pensamientos y emociones que pudieran contaminar la sesión o interferir en nuestro accionar como coach.

El primer aspecto a tener en cuenta es que, para lograr establecer un vínculo de calidad con el coachee, es imprescindible para el coach tener primero una profunda conexión consigo mismo. Existen varias técnicas posibles para prepararnos a los efectos de estar presentes y enfocados en la sesión de coaching. Una de las más efectivas y simples de realizar es la de la “respiración consciente”.

El poder de esta técnica para lograr rápidamente un “centramiento” en nosotros mismos, radica en que actúa a un doble nivel. Por un lado, al adoptar un ritmo respiratorio que nuestra psiquis vincula a un estado emocional de relajación, tranquilidad y placidez, produce que nuestras emociones lentamente se vayan adecuando a esta señal corporal. Así como la emoción cambia la corporalidad, también la corporalidad modifica la emoción. Por otra parte, al obligarnos a que la atención se concentre en la respiración, se produce el aquietamiento de la mente. De esta manera se detienen los pensamientos y esto nos posibilita concentrarnos en el presente. Este no es un proceso intelectual sino una vivencia de autopercepción y de entrega personal a la experiencia que intensifica gradualmente el espacio de contacto con uno mismo. Ciertamente el entrenamiento de esta técnica hace que vaya disminuyendo el tiempo requerido para lograr el estado deseado. Cuando ya la tenemos incorporada, puede bastar un par de respiraciones para lograr el centramiento y la presencia plena.

3ra. Competencia: “Desempeñar el rol de coach con fluidez y creatividad”

Confiar en el proceso y asumir la incertidumbre de lo impredecible

Un aspecto distintivo del Coaching Ontológico es su característica de no poder estandarizarse. Esta particularidad de la profesión condiciona fuertemente la manera en que la misma se ejerce. El primer aspecto a destacar y que diferencia al coaching de la mayoría de otras disciplinas, es la imposibilidad de la planificación previa, de prever qué es lo que puede suceder o cuál es la manera más adecuada de intervenir.

La mayoría de las profesiones tienen la posibilidad de reflexionar y ponderar previamente sobre cuál es la alternativa más conveniente a realizar en cada circunstancia. A diferencia de esto, cuando el coach se sienta junto a su coachee, tiene conciencia de que se enfrenta al enigma y a la complejidad del ser humano. Aunque sepa cuál es el tema por el cual el coachee requiere de sus servicios, aunque conozca a la persona con la cual va a interactuar, sabe que esa sesión de coaching va a ser única y que cuando el coachee declare el quiebre, ambos se introducirán en caminos desconocidos, sin mapa previo y en busca de nuevos horizontes.

El coach no sólo no sabe de antemano cuál es el camino que debe recorrer, sino que además tiene la convicción de que no existe un solo camino posible. Cuando se despliega la sesión, el coach advierte que se van planteando distintas vías por dónde introducirse y que según por dónde decida enfocar la exploración, se van a abrir diferentes posibilidades. Hay veces en que el coach construye hipótesis y supone o imagina el lugar de llegada, y hay otras en que simplemente se entrega a la exploración con la certeza de que mientras el coachee esté dispuesto a bucear en aguas profundas y tenga el compromiso de seguir avanzando, él lo va a guiar y acompañar.

En estas circunstancias es en donde se pueden valorar las competencias de la presencia total y de la construcción de confianza, ya que ambos elementos se constituyen en el sostén que posibilita avanzar sin certeza en el resultado. Con la tranquilidad que implica haber construido un sólido vínculo de coaching, el coach se abre a la incertidumbre de la singularidad de cada sesión. Al decir de Damián Goldvarg[1], “Tener una actitud abierta significa que el coach está dispuesto a explorar temas desconocidos, que está cómodo con estar incómodo y no saber”.

El “no saber” es otra de las características de nuestra profesión. A diferencia de un consultor o de un asesor, el coach no interviene desde su saber en un área específica, sino desde sus competencias para facilitar el proceso en el que el coachee busca dentro de sí mismo sus propias respuestas y se conecta con sus propios recursos. En tal sentido, el coach no sólo interviene en el “qué hacer” sino que, en el proceso de aprendizaje ontológico, guía al coachee a que se interrogue sobre “quién quiere ser”. En estos caminos el coach debe estar abierto a asumir riesgos, siendo consciente de la imposibilidad de poseer cartografías que le indiquen el rumbo a recorrer.

 Conducir el proceso con flexibilidad, adaptándose a la particularidad del coachee

Esta característica de la imprevisibilidad que posee toda sesión de coaching y la particularidad con que cada coachee encarna cada situación específica, hace que el coach deba poseer la capacidad para poder fluir con el proceso e ir encontrando e implementando las formas y las técnicas más apropiadas con las cuales intervenir en cada momento de la manera más efectiva posible.

Para esto el coach debe asumir una actitud espontánea y flexible que implique poder optar por diferentes formas de trabajar según el tema y las características del coachee. Dentro del encuadre conversacional de la sesión de coaching puede hacer preguntas, hacer un reencuadre de la situación, plantear una reinterpretación, esclarecer los objetivos, desafiar creencias, introducir una mirada sistémica, utilizar metáforas, conducirlo a reflexionar sobre sus valores y sobre los aspectos profundos de su ser y tantas otras estrategias de intervención posibles. También es factible utilizar otros recursos que puedan movilizar más directamente los dominios de la emocionalidad y la corporalidad.

En relación a la utilización de técnicas provenientes de otras disciplinas, es fundamental remarcar dos aspectos a tener en cuenta. El primero se refiere al hecho de que el coach debe tener la capacidad para poder determinar con claridad la pertinencia y conveniencia de utilizar algún tipo de técnica en un momento determinado. El segundo aspecto se relaciona con la especificidad en la aplicación de la técnica. Cada una de ellas implica un proceso definido, pasos muy rigurosos, la generación de un contexto y una forma determinada de conducir al coachee. Las técnicas son muy poderosas en relación al efecto que pueden producir en el coachee, pero si las mismas se utilizan en el momento inadecuado o no se conducen de manera efectiva, el resultado puede ser nulo o contraproducente.

El coach debe tener la flexibilidad para explorar por diferentes rumbos y desarrollar la capacidad para la reflexión en la interacción que le permita ir tomando decisiones en cada momento, cambiar de enfoque y experimentar por distintos caminos hasta encontrar el que le posibilite lograr el objetivo del cambio de observación.

 Utilizar su corporalidad e intuición como instrumentos de intervención

El camino de acompañar al coachee en la búsqueda de nuevas perspectivas no siempre transcurre por la senda del pensamiento lógico y racional. Muchas veces el coach apela a un conocimiento pre racional al que llamamos “intuición”. La competencia de la ICF “Presencia del coach”, mencionada anteriormente, considera que uno de los comportamientos que verifican la utilización de esta competencia es cuando el coach “usa su propia intuición y confía en sus corazonadas”.

Según el diccionario, la intuición es un “conocimiento directo de algo sin el concurso de razonamientos”. Generalmente esta intuición no se puede fundamentar y muchas veces ni siquiera explicar con palabras, ya que se manifiesta por fuera del dominio del lenguaje y sólo se expresa con imágenes, sensaciones o sentimientos. Poder escuchar esta voz interior, estas sensaciones que nos proveen un tipo distinto de conocimiento, implica ser conscientes de que en el pensamiento intuitivo tenemos un recurso importante que adquiere mayor trascendencia y poder en nuestro desempeño como coach, en la medida en que aprendemos a integrarlo y complementarlo con nuestro pensamiento racional.

Hay diferentes explicaciones de cómo se genera o de dónde proviene la intuición. En tal sentido, Daniel Goleman[2] analiza al pensamiento intuitivo como una de las aptitudes de la Inteligencia Emocional y sostiene que: “La intuición y las corazonadas revelan la facultad de percibir los mensajes de nuestro depósito interno de memoria emocional, nuestro propio reservorio de sabiduría y buen juicio. Esta facultad reside en el fondo del conocimiento de uno mismo”.

Otra de las explicaciones acerca de dónde surgen estas intuiciones emerge a partir de los avances de la neurociencia, que nos posibilita comprender que cada hemisferio cerebral procesa la información de manera disímil, estableciendo diferentes formas de percepción y de pensamiento asociadas a cada uno de ellos.

El “hemisferio izquierdo” procesa y analiza la información en forma lineal y secuencialmente. Se guía por la lógica binaria (si-no, arriba-abajo, antes-después, etc.). Piensa en palabras y en números; es el ámbito del lenguaje. Este hemisferio lógico forma la imagen del todo a partir de las partes, entiende los componentes uno por uno y es el que se ocupa de analizar los detalles. Emplea un estilo de pensamiento analítico y convergente, formando nuevas ideas y obteniendo nueva información al usar y relacionar los datos disponibles.

Por su parte, el “hemisferio derecho” se especializa en el procesamiento simultáneo. No pasa de una característica a otra, sino que busca pautas y formas. Posee una percepción omnicomprensiva. Procesa la información de manera global partiendo del todo para entender las distintas partes y comprender cómo se relacionan unas con otras. Este hemisferio holístico es intuitivo en vez de lógico, piensa en imágenes, símbolos y sentimientos. Muchas veces esta percepción holística y omnicomprensiva nos conduce a captar un nivel sutil de información que se nos manifiesta como una sensación, nos evoca una imagen o se expresa como un pensamiento que no podemos explicar racionalmente.

Estas dos formas de conocimiento (racional e intuitivo) no son contradictorias y mucho menos excluyentes. De las características de los hemisferios cerebrales se puede inferir su complementariedad y la potencialidad que involucra la posibilidad de desarrollar al máximo el funcionamiento y la integración de ambos. Albert Einstein[3] sostenía que: “Debemos dejarnos conducir por la intuición, que se basa en una sensación de la experiencia”.

Los coaches tenemos la vivencia de que muchas veces en una sesión de coaching en la que estamos escuchando atentamente, de pronto nos surgen intuiciones como forma de acceso a una dimensión no manifiesta del coachee. Para que el coach pueda utilizar su propia intuición y confiar en sus corazonadas, se requiere tener una plena presencia, estar “centrado” en sí mismo y en un profundo nivel de conexión y de percepción que le posibilite “resonar” con su coachee. Desde este estado de conexión consigo mismo y con el coachee, el coach escucha y percibe con todo el cuerpo y, por lo tanto, toma en cuenta las sensaciones corporales que va registrando en su interacción con el coachee.

En el intercambio emocional energético que se va dando en el proceso de coaching, el coach va teniendo un registro interno de lo que va sintiendo en esta interacción, va reconociendo cómo resuena en él la narrativa del coachee y esto se constituye en una valiosa información en el proceso de intervención. Pero, así como es importante que el coach desarrolle la competencia de utilizar su intuición y su corporalidad como vía de intervención, también es fundamental que tenga la prudencia de tomar este conocimiento intuitivo como una hipótesis a presentar a consideración del coachee y ver qué sentido le hace la misma.

 

Fin de la segunda entrega.

Autor: Lic. Oscar Anzorena  MCP de la AACOP, MCOA de la FICOP

[1] Csikszentmihalyi Mihaly, “Fluir: Una psicología de la felicidad”, Kairós, Barcelona, 1996

[1]  Goldvarg Damián y Norma Perel de Goldvarg, “Competencias de Coaching Aplicadas”, Granica, 2012

[2] Goleman Daniel, “La Inteligencia Emocional en la Empresa”, Vergara, 1998

[3] Einstein Albert, “Mi visión del mundo”, Tusquest Editores, Buenos Aires, 1980