Prejuicios, por los siglos de los siglos..

Es, por lo general, la opinión previa y desfavorable acerca de algo o de una persona. ¿Existe alguien que no sea prejuicioso?

Mirada que sospecha. Imagina. Calcula. Conjetura. Lengua bífida. Ponzoña que ejercita argumentos sin fundamentos. Se defiende por si acaso. Mirada que teme a negros, tuertos, rengos, mancos, homosexuales, zurdos, enanos, turcos, lesbianas, judíos, trans… Democratiza el veneno. Arrincona la inocencia. Guadaña impiadosa. Mirada que inventa. Fantasea. Discrimina. Que no afloja ante la evidencia. Sí, pero… Miedo tartamudo que se agita en pesadillas. Se esconde bajo la pollera de la intuición. El pensamiento único lo estimula. El “por algo será” también. Cuando la paja siempre está en el ojo ajeno, es porque está vivita y coleando en el propio. ¿Para que haya juicio debe haber prejuicio? “Prefiero ser un hombre de paradojas que un hombre de prejuicios”, ha dicho el finado Jean-Jacques Rousseau. El que esté libre de prejuicios que tire la primera paradoja.

Es muy antiguo. Tiene la edad del ser humano. Forma parte de su idiosincrasia. Muchas veces está atenuado por la educación, pero dependerá de los contenidos haya recibido. Se lo define como opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal. Pero también los hay raciales. ¿Cómo nace un prejuicio? ¿Para qué sirve? ¿Hay prejuicios positivos? ¿Tienen que ver con la ignorancia? ¿Existen personas que no sean prejuiciosas? ¿Son una buena herramienta para descalificar a los otros? ¿Qué haríamos los argentinos sin los prejuicios? “Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”, decía Einstein. ¿Será así?

Chance de cambiar

Alba López de Núñez Pedagoga

Experimento un rechazo cuando el prejuicio se refiere a un tema religioso -“él no es religioso pero es un buen profesional”- o a un tema racial, señalando que a tal raza pertenecen seres intelectualmente más valiosos. Los hay de índole político o ideológico: “es un zurdito y no ofrece garantía”. Es decir que el prejuicio genera estereotipos que mueven a un mal mayor, cual es la discriminación y las miradas distorsionadas de una realidad, no obstante que quien se hace poseedor de alguno de ellos cree ser el dueño de la verdad. La mamá de la Mafalda sostiene: “no es que yo no quiera a los obreros, pero sería mejor que fuera abogado”, al referirse a un posible novio de Mafalda. Somos prejuiciosos, opinamos con mucha soltura, muchas veces sin tener fundamentos. En la medida de poder contar con observadores que nos ayuden a detectar la gravedad de las distintas situaciones prejuiciosas, hay chance de cambiar porque si existe la posibilidad del cambio que es sinónimo de crecimiento.

No es racional

Por Norah Scarpa Escritora

Sin duda, en la Humanidad, habría sociedades más justas sin prejuicios. El pre-juicio no es racional, responde a sentimientos de disvalor, conveniencia, supervivencia. Dada la diversidad inmigratoria en nuestro país, heredamos una multiplicidad de prejuicios. La historia los registra desde sus comienzos en la palabra de nuestros próceres, Rivadavia entre ellos, quien sostenía que “dar un paso más allá de la Plaza Miserere le causaba irreprimibles náuseas”. Más allá estaban los “trece ranchos”. El mismo Sarmiento, que despreciaba a los pueblos originarios, a consecuencia de la Ley de Inmigración de 1876 esperaba que la nación se poblara de hijos de la Rubia Albión. Y vinieron los italianos. Se prejuzga con una aspiración de superioridad sobre el que se considera inferior y que resulta segregado. Prejuicios socioeconómicos y políticos se conjugan hacia un sector de la población argentina; se puede decir que se estigmatiza desde su origen con la expresión “las patas en la fuente”. Los pueblos chicos son un semillero de prejuicios, particularmente xenófobos. En mis recuerdos pueblerinos más lejanos los niños repetían “el que escupe es judío”, “gallego bruto” y peyorativamente se llamaba turcos a los árabes. En una ocasión fue expulsada una comunidad gitana por denuncia de robo de gallinas, despedida con el llanto de los niños. Cierto o no, los gitanos marcharon con sus cabras, su mono y su burrito, que brindaban a los chicos un espectáculo circense por diez centavos. Prejuzgar ocasiona innumerables víctimas. En la historia humana fue causa de discriminación, exclusión, persecuciones, explotación del hombre por el hombre, esclavitud y muerte.

Esclavos de la mente

Anselmo Lago Músico-docente

Desde mi experiencia humana, puedo decir que el miedo es la madre del prejuicio. Nuestra mente, cuando siente temor de perder su poder e influencia, crea ideas distorsionadas que las proyecta en el medioambiente con tanta fuerza y determinación que logra instalar como verdad absoluta el más incoherente error. Un ejemplo claro es el prejuicio que tenemos de creer que el que ejerce poder es poderoso. Citando la metáfora del elefante, podemos decir que, a lo largo de nuestra vida, crecemos con una cadena en el pie atada a una estaca adherida al suelo. Al igual que a los elefantes pequeños de circo, nos imponen limitaciones y prejuicios que debemos asumir. A medida que crecemos convencidos que no podemos arrancar la estaca, certificamos que esas limitaciones y esos miedos deben respetarse. Les tememos a los dioses, a la justicia, a la “moral”, entre otras. Al ser grandes, veneramos esas falsas creencias y las asumimos como parte de “lo que debe ser” y además repetimos a las nuevas generaciones esos discursos que nos inculcaron y nos condicionan. A pesar de nuestro gran tamaño, que podría hacer volar la estaca sin ningún tipo de esfuerzo, seguimos reafirmando que no podemos liberarnos. Es decir, los miedos nos condicionan en todos los aspectos de nuestra vida y nos hacen esclavos de nuestra mente. Lo insólito de ésta cuestión, es que una idea instalada por la violencia física y /o psíquica condiciona nuestra conciencia y genera un gran vademécum de prejuicios insostenibles. En esto radica el gran sufrimiento de la humanidad.

Por Roberto Espinosa 

 

Fuente: http://www.lagaceta.com.ar/nota/744312/actualidad/prejuicio-tan-viejo-como-humanidad.html