Si no me sacrifico, no alcanzo el Éxito. ¿Es así tu mundo laboral?

Hace muchos años un destacado periodista y autor de libros sobre la actualidad política de la Argentina me dijo que sentía una profunda desconfianza hacia los desinfectantes que no arden al aplicarlos sobre una herida. El producto era en ese momento una novedad y estaba respaldado por el mismo laboratorio que antes fabricaba y comercializaba el desinfectante que ardía. “Yo sé que es absurdo”, confesaba el periodista, “pero mi íntima convicción es que en el momento en que duele es cuando está haciendo un buen efecto, cuando te está curando”.

Esta vinculación automática entre cierta cuota de sufrimiento y la obtención de resultados positivos no es, por cierto, exclusiva del periodista en su evaluación del desinfectante. Antes bien, se trata de una pauta cultural difundida y arraigada, que encuentra expresión en el dicho popular “lo que cuesta, vale” e incide de un modo a veces decisivo en la manera en que afrontamos la vida laboral. Así, a través de esta asociación entre dolor y resultados valiosos solemos dar crédito a la dedicación obsesiva a nuestra tarea, convencidos de que el esfuerzo extenuante es una herramienta poderosa para lograr lo que deseamos.

El origen de la creencia.
En realidad, la asociación entre hacer un esfuerzo extenuante y obtener un resultado satisfactorio no proviene del estudio de numerosos casos en los cuales se comprobó ese vínculo sino de la necesidad de evaluar favorablemente lo que hacemos. Por eso, cuando realizamos un gran esfuerzo y nos sentimos, en consecuencia, cansados o agotados, queremos descartar la idea de que no hemos sufrido en vano y nos convencemos de que valió la pena. De lo contrario, nos sentiríamos o poco sagaces o incoherentes.

Este sesgo cognitivo, denominado “justificación del esfuerzo”, es una variante de lo que el psicólogo estadounidense Leon Festinger denominó “disonancia cognitiva”. Según esta teoría, que ha sido elaborada a partir de numerosas pruebas de laboratorio, las personas sentimos malestar cuando advertimos disonancia entre dos o más creencias que sostenemos. Para reducir ese malestar, tendemos a distorsionar la información con el propósito de lograr mayor coherencia. De ese modo, solemos justificar todo esfuerzo que hacemos y nos convencemos de que se trataba de algo indispensable.

Adictos al trabajo y orgullosos.
Cuando esta tendencia general a justificar el esfuerzo esta acompañada por la ambición de progresar en el ámbito laboral, es inevitable inferir que el mejor desempeño proviene de una entrega total, en cuerpo y alma, a la tarea a realizar. Cuanto mayor sea el esfuerzo, especulamos, mejores serán los resultados. Esta conjunción entre la creencia en la efectividad del sufrimiento y la ambición por hacer carrera está en la base de la conducta de numerosos ejecutivos de diferente rango, que se agitan diariamente para abarcar todo lo posible y sacarlo adelante cuanto antes.

La consecuencia es cierta proliferación de adictos al trabajo que están orgullosos de serlo, pues consideran que esa es la única manera de actuar para sostener su proyecto personal y para dar lo mejor de sí a la organización a la que pertenecen. Este comportamiento es, además, muy convincente: ¿quién podría cuestionar a una persona que no elude ningún desafío y “se mata” trabajando? Por eso, el despliegue extenuante en la acción puede favorecer la promoción de una persona en los inicios, cuando todavía es joven y la cantidad, en ciertos contextos, puede ser considerada como más importante que la calidad.

Condiciones para el alto desempeño
La mala noticia para los adictos al trabajo que están orgullosos de serlo es que el modo en que actúan no es sostenible en el tiempo y no resulta eficaz para alcanzar un alto desempeño. La falta de sustentabilidad proviene del progresivo deterioro que provoca esa adicción en las relaciones sociales y familiares, y en algunas de las funciones biológicas más importantes, como la memoria, la capacidad de concentración y de análisis, y, por ende, la adecuada resolución de problemas.

A los perjuicios afectivos y físiológicos, a menudo hay que agregar la incapacidad para delegar y promover el aprendizaje y la responsabilidad de los integrantes de un equipo de trabajo. En efecto, el adicto al trabajo suele ser un entusiasta del micromanagement, que se inmiscuye en todo para controlar detalles insignificantes o darle su toque personal.

A diferencia de lo que suponen los cultores del sacrificio personal, el camino para alcanzar un alto desempeño no requiere esa clase de sufrimiento. En lugar de poner en riesgo nuestras relaciones personales, nuestra salud y la paciencia de nuestros colegas y subordinados, para alcanzar un alto desempeño deberíamos tener en cuenta las siguientes condiciones:
Dormir bien.
Seguir una dieta sana.
Hacer ejercicio de manera regular.
Lograr un adecuado balance entre la vida laboral y la vida social y familiar.
Despejar la mente a través de la recreación y/o de la meditación.
Nutrirse de saberes no previstos por las tareas habituales.
Tener continuidad para hacer nuestra tarea con un esfuerzo moderado y sostenido.
Formar a nuestros colaboradores y darles autonomía.
Cuidar la familia, ella es la permanecerá en el tiempo.

Actuar según estas pautas es sin duda más placentero que hacer esfuerzos extenuantes durante jornadas interminables. Quizá la falta de sacrificio haga desconfiar a algunos acerca de la efectividad de este enfoque, de un modo análogo a como dudaba el periodista citado al principio de este post acerca de las bondades del desinfectante que no arde. En base a investigaciones rigurosas, pido a estos escépticos que no den crédito a esa reacción espontánea: el desinfectante que no arde desinfecta, y el alto desempeño se alcanza con buenas prácticas y no con fuerza bruta.

Fuente: https://www.mibucle.com/notas/lo-que-cuesta-vale-extenuarse-en-el-trabajo-no-sirve-para-casi-nada