¿Te animás a decir todo lo que pensás? ¿Es bueno hacerlo?

¿Somos sinceros en nuestro puesto de trabajo? Casi nunca. ¿Hice lo correcto? Pues la última moda dice que no. «Di siempre lo que piensas», brama Kim Scott en decenas de vídeos que circulan por YouTube.

Scott ha sido coach de los más altos cargos de Silicon Valley, ha dado cursos en la Apple University y ha trabajado para Google. Ha escrito tres novelas y se ha inventado el candor radical, una corriente que invita a ser radicalmente sincero en tu puesto de trabajo sin dejar de ser amable con tus compañeros. Su próximo libro se llama Radical Candor: Be a kickass boss without losing your humanity, algo así como una guía para aprender a ser un jefe tocapelotas sin perder la humanidad. «Cuando te preocupas personalmente de tus trabajadores y a la vez les desafías directamente, estás en la zona dulce de la franqueza radical. El equipo funciona sin problemas», explica la gurú.

El ejemplo lo pone Russ Laraway, cofundador del movimiento. Cuando un niño empieza a hablar lo primero que le dicen sus padres es que cuando no tenga nada bueno que decir lo mejor es que se calle. «Cuando eres jefe lo mejor es no callarte nunca», rebate él. «El candor radical significa decir siempre lo que piensas».

Empresas de Estados Unidos, Canadá o Londres están ya poniendo en práctica la fórmula. Una agencia de publicidad de Nueva York instauró lo que llaman el «apuñalamiento frontal». Ahí tienen a un empleado escuchando sin anestesia que su estrategia con los clientes es un desastre o que pone en copia a demasiadas personas en cada mail que manda. «Hay que tener una piel gruesa para trabajar aquí», dice el jefe. La compañía llegó a distribuir camisetas con una cicatriz gigante sobre el corazón.

¿Es la honestidad brutal la solución más eficaz? Carol Kinsey ha asesorado a algunos de los mayores líderes empresariales en Estados Unidos. En 2013 publicó un libro llamado La verdad sobre las mentiras en el puesto de trabajo partiendo de la premisa de que todos trabajamos rodeados de liantes. Sin embargo establece algunos peros a la verdad radical. «La sinceridad sin compasión se llama crueldad y, de hecho, la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad es demasiado difícil de asumir», alerta en conversación con PAPEL desde su despacho en California. «Es fácil pensar que las cosas serían mucho mejores si todas las conversaciones tuvieran lugar en perfecta sinceridad, pero si esto ocurriera, cambiaríamos de opinión bastante rápido. ¿De verdad querrías saber que la secretaria que te desea buenos días cada mañana realmente piensa que eres un idiota?».

“Nada personal”. Kinsey recomienda la falsedad amable o alentadora como uno de los aceites esenciales en el bálsamo que ayuda a trabajar más suavemente. Esto es lo que los adalides del candor radical llaman cuidado personal y lo ubican en un extremo de su sencilla ecuación. Cuando alguien hace una crítica en el trabajo teme parecer desagradable así que acaba resultando «ruinosamente empático». Ocurre lo mismo cuando alabamos a un compañero para parecer simpáticos y parecemos en realidad unos trepas o unos falsos.

En el otro extremo estaría ser directamente agresivos u ofensivos. ¿Es necesario decirle a tu empleado que le apesta el aliento a estiércol? Seguramente no. La combinación de ser absolutamente sinceros en el contenido pero humanos en la forma es la fórmula del éxito que evangeliza Kim Scott. «El candor radical es humilde, es útil, es inmediato, es en persona pero no es algo personal».

Carmen Terrasa es coach de altos ejecutivos en España y también alerta de los peligros del sincericidio. Recuerda ella que no hemos sido formados ni educados para interactuar desde la sinceridad extrema, lo que puede resultar destructivo. «Si nuestro objetivo es convivir en un entorno laboral cohesionado y eficaz, posiblemente sea más adaptativo, como decía André Maurois, no decir todo lo que uno piensa, sino no decir nunca lo contrario de lo que se piensa.

Según Terrasa, la dificultad del llamado candor radical es saber decir lo que uno cree acompañado de un feedback de calidad. «Un jefe que ha sido capaz de crear un clima de confianza, que reconoce que el conflicto puede ser productivo si es saludable, que crea un equipo comprometido, seguramente estará totalmente autorizado por sus empleados para decir siempre lo que piensa y su equipo para aceptarlo». ¿Están todos los jefes capacitados para eso? «Por desgracia no».

Salgamos de la oficina y vayamos más allá. ¿Qué pasaría si el jefe lo es de la mayor empresa del mundo? ¿Qué pasa si es el comandante en jefe de los Estados Unidos? «Si los políticos dijeran la verdad, los rechazaríamos», dice Manuel Arias, profesor de Ciencia Política. Así era al menos hasta que llegó Donald Trump, probablemente el político más radicalmente sincero de la historia. «Podría pararme en mitad de la Quinta Avenida y disparar a gente y no perdería votantes». Palabra del jefe.

«En el terreno político la situación es aún más delicada porque Trump se dirige a millones de personas, así que las consecuencias de su sinceridad son exponencialmente mayores», alerta Terrasa. «Lo que es indiscutible es que su sincericidio le ha llevado a la Casa Blanca. Que dice lo que piensa está claro, comprobemos si hace lo que dice».

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