TODOS TENEMOS UN ARTISTA INTERIOR HERIDO

“Hija, no esperamos mucho talento de vos.”

“Cantás desafinado, dedicate a otra cosa”.

“Flaco, estás jugando mal. Hoy te quedás en el banco de suplentes”

Si sos humano y habitás este mundo, al menos una vez en tu infancia o adolescencia te dijeron que eras pésimo para algo. O que te faltaba mucho para parecerte a tu hermano. O quizás, que nunca ibas a destacarte entre los demás.
A veces salió de los labios inesperados de mamá. Quizás lo sentenció un maestro, o un tío, o un completo desconocido. Lo triste no es lo que el otro nos dijo, sino lo que nosotros NOS hemos hecho a nosotros mismos, una y otra vez, usando como arma ese recuerdo. Bien sabemos que las palabras tienen filo y formol. Los juicios de los otros calan hasta el fondo de las entrañas como un bisturí, debilitando la carne y la confianza por partes iguales. Y peor aún, nos tatuarán cicatrices profundas que resistirán el paso del tiempo.

Entonces no sabemos muy bien cómo fue.

Pero resulta que tenemos 20 años, y no nos animamos a cantar en un karaoke porque aquella vez el chico que nos gustaba se nos rió.

Y una mañana cumplimos 35, y nos tiemblan las patitas de entusiasmo y terror si nos invitan a un taller de escritura, como si en vez de un encuentro creativo se tratase de la explosión inminente de nuestra Hiroshima personal.

Y aterrizamos en los 40, y no nos lanzamos con un emprendimiento propio porque en casa nunca nadie esperó algo grande de nosotros.

Y pisamos los 50, y seguimos postergando el viaje, o la carta a ese alguien que amamos, o lo que sea que nos haría sentir auténticamente nosotros, porque toda nuestra historia apoya la tesis de que algo, siempre, nos falta para llegar a ser suficientes.

Dejame decirte esto. Todos llevamos escondido un Artista Interior herido que nos susurra que no podemos, no sabemos, no merecemos, no deberíamos.

¿Cómo hacemos para sanar esos dolores antiguos?

Hace poco, en un taller de Creatividad la escritora Elizabeth Gilbert propuso a 1600 personas que escribieran una carta a la versión joven de sí mismos. Y luego invitó a la gente a leer sus auto-cartas en voz alta. Cuenta que fue de otro planeta la energía que se respiró en esa sala: una manada de grandulones (como vos y yo, gente con profesiones, con experiencia de vida, llena de talento y capacidades) abrazó por primera vez a ese pibe lastimado y vulnerable que sufría desde un rincón de la memoria. A punta de pluma y papel, 1600 tipos soltaron sus viejos relatos destructivos y se declararon por primera vez padres y madres de ellos mismos.

¿Por qué te cuento todo esto?

Porque hoy, acá y ahora, podemos integrar a nuestro Artista Interior herido. No esperes que te aprueben, ni que te acepten, ni que ese alguien que se supone que debía cuidarte te pida disculpas. No esperes nada: no va a llegar.

Abrazate al humano fuerte, talentoso y bien parado que lograste construir, incluso con viento en contra.

Dice Liz Gilbert que cada uno de nosotros es un increíble experimento creativo del Universo que jamás existió antes.

Que sos suficiente.

Y que ya con eso, te ganaste – bien ganado – tu único e irremplazable espacio de poder en este mundo.

Por: Natalia Sarro
Lic. en Psicología, Coach Ontológico Profesional y Escritora Nómada.
Mail: [email protected] y blog www.inspiramundo.com