Un coach especialista en Identificación de Perfiles en Juicios por Jurados en el Juicio a Farré

Carolina Calatayud y Laura Zyseskind ensayaron cada detalle de sus alegatos. Tomaron clases de actuación y expresión oral con un director de teatro y las asesoró una coach de oratoria.

Carolina Carballido Calatayud se para en el centro de la sala 2 del Tribunal de San Isidro. Mira a los 12 jurados. Los mira a los ojos. Hace una pausa. Con un tono de voz firme y seguro, afirma: “A sangre fría, de esa manera Fernando Farré asesinó a su mujer”. La frase es un golpe certero. Capta la atención de esas 12 personas que tendrán que definir si Farré debe ser condenado por matar a su esposa, Claudia Schaefer. Nada de todo eso fue casual: la mirada, la postura, el tono de sus palabras, la oración y hasta la ropa que llevaba puesta. Todo fue planificado, estudiado y ensayado durante tres meses. Las fiscales Calatayud y Laura Zyseskind practicaron sus alegatos de apertura y clausura para el juicio por el femicidio del country Martindale.

El desafío era poder contar una historia que fuera clara, concisa y fácil de entender para los miembros del jurado popular, entre ellos un colectivero, un ama de casa, una docente, un estudiante y varios desempleados. “No es lo mismo relatarle un hecho a un juez, que a una persona que nada tiene que ver con el ambiente jurídico. Desde el momento en que nos enteramos que el veredicto lo daría un jurado, sentimos que debíamos prepararnos”, relatan, entre mates, ya más relajadas.

Sergio Misuraca y Andrea López Pisani son profesores de la materia “Técnicas de Oratoria” en la Diplomatura de Juicio por Jurados bonaerenses de la Universidad de San Isidro. Ambos son también coachs, hasta ellos llegaron Laura y Carolina, ambas sin experiencia en este tipo de juicios. Sólo Calatayud había hecho uno y cuando Misuraca lo vio le cuestionó algunos errores “imperdonables”.

Se juntaron durante tres meses, todos los sábados. Durante las primeras dos reuniones, las que hablaron fueron las fiscales. Relataron el caso, dieron detalles y hasta lloraron, una especie de terapia en la que Sergio -que además es actor y director de teatro- y Andrea sólo se dedicaron a escuchar: “Queríamos saber cuál era la historia que querían contar. Una vez que nos expresaron todo, ahí recién empezamos con nuestro trabajo”, dice el coach.

Para practicar, los coachs llamaron a 30 personas, amigos de amigos, para que simularan un jurado. Allí lo que probaron era si lo que las fiscales expresaban en su oratoria era entretenido, si aburría, si generaba bronca o si convencía: “Esa prueba nos mostró que Carolina generaba más empatía con la gente, mientras que Laura era directa, más seria. Por ende decidimos que Caro hablara en los alegatos sobre la violencia de género, mientras que Lau se dedicara a las pruebas, a demostrar que Farré había premeditado el asesinato y que no estaba loco”.

Esas clases personalizadas de los sábados comenzaban temprano y terminaban ya entrada la tarde. Las capacidades de cada una mejoraron. Analizaron la serie de Netflix sobre el juicio a O.J. Simpson, estudiaron los movimientos de las partes al hablar. “Yo no me daba cuenta de que cuando me expresaba caminaba por todos lados, como soy hiperactiva movía las manos y me pisaba con las palabras. Por eso uno de los ejercicios fue que Andrea me sostuviera de los hombros de atrás, para que me quede estática en el mismo lugar”, cuenta Calatayud.

Para Zyseskind el desafío estuvo en las palabras: “Me costó dejar la doctrina. Hablaba con definiciones técnicas y no podía contar la misma historia con palabras sencillas. Tuve que suavizar el tono. Cuando hablaba yo imponía, bajaba línea y eso no está bueno”, dice y cuenta un ejemplo: “Estaba tan convencida de las pruebas que decía ‘estos son los hechos y son indiscutibles’. Los chicos me explicaron que eso puede provocar una mala imagen en los jurados que podrían pensar,‘¿Si son indiscutibles para qué estoy acá?’”.

Nada quedó librado al azar. Tampoco la vestimenta que usaron: “La ropa es una de las claves, porque nada debe ser más importante que lo que diga el orador, nada puede distraer. Un reloj, una pulsera, una cadenita, el brillo de los zapatos. Hay que ser lo más pulcros posible, nada que llame la atención”, afirma López Pisani por teléfono, que estaba en un curso de capacitación fuera de Buenos Aires.

Técnicas de respiración, momentos en que apagaban las luces y meditaban. Vendas en los ojos y ejercicios en las que frenaban sus discursos cuando sonaba un timbre y lo continuaban cuando lo volvían a oír, para demostrar que nada las podía distraer. Tal como ocurriría en la sala de audiencias de San Isidro, con personas que entraban y salían, celulares que sonaban y estornudos que parecían truenos de tormenta. “Nos sentimos seguras, aprendimos a contar una historia”, dicen las fiscales.

Laura y Carolina caminan por los pasillos de Tribunales concentradas, mueven los labios y repiten en voz baja, como si estuvieran preparadas para rendir el último examen en la facultad. Están a punto de ingresar a la sala para sus alegatos de clausura. Una se para, los mira a todos a los ojos y se lanza: “A sangre fría…”

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